ALEJANDRA ACOSTA: LO INVISIBLE TAMBIÉN SE ILUSTRA

Con más de treinta libros publicados y un trazo profundamente personal, la ilustradora chilena Alejandra Acosta ha construido un universo visual donde el silencio, la emoción y la belleza se entrelazan. Sus imágenes no buscan explicarse, sino sentirse: mujeres suspendidas entre la fuerza y la fragilidad, gestos mínimos que dicen mucho, colores que evocan estados del alma.

Desde que dejó el diseño editorial para entregarse por completo a la ilustración, Acosta ha creado una obra reconocible por su atmósfera onírica y simbólica, con capas que invitan a detenerse y leer más allá del texto. “El arte fue siempre mi manera de interpretar el mundo”, confiesa. Una necesidad vital que la llevó a experimentar con el collage, a valorar el error como hallazgo y a explorar en cada proyecto nuevas formas de narrar.

Su carrera tiene hitos claros: la publicación de Del enebro en España, que consolidó su lenguaje visual, y el reconocimiento internacional que cruzó fronteras y audiencias. “Nunca imaginé que algo tan personal pudiera resonar en otras culturas. Eso me hace sentir que, aunque cada quien tiene su historia, hay cosas que nos conectan más allá del idioma o el país”, dice.

Hoy, su proceso creativo comienza con una sensación: un color, una atmósfera, una emoción abstracta que luego se traduce en imagen. El azar y la prueba ocupan un lugar central: muchas de sus ilustraciones más queridas nacieron de un error inesperado. “Me gusta no tener todo bajo control y dejar que el proceso me sorprenda”.

En pandemia se abrió a paletas más luminosas e infantiles, buscando conectar con la alegría en medio de la incertidumbre. Esa exploración convive con su trabajo para públicos adultos, juveniles e infantiles, siempre con el mismo cuidado: autenticidad y respeto hacia el lector.

Su obra está atravesada por la figura femenina, representada desde múltiples dimensiones: fuerza, deseo, fragilidad, contradicción. “No busco idealizarla, sino mostrarla en distintas formas que a mí me hacen sentido”.

Premiada y publicada en distintos rincones del mundo, Alejandra sigue fiel a su impulso inicial: ilustrar como una forma de escribir. “Las imágenes narran lo que el texto no dice. Son otro lenguaje, menos evidente, pero igual de poderoso”.

Influenciada por corrientes como el simbolismo, los prerrafaelistas y artistas como Remedios Varo, encuentra en la carga simbólica una narrativa visual fascinante. Sueña con ilustrar textos de Clarice Lispector, Silvina Ocampo o rescatar clásicos olvidados. Y mientras tanto, sigue creando desde la lectura, la enseñanza y los proyectos editoriales que la acompañan.

“Más que transmitir algo, busco abrir un espacio de resonancia”, asegura. Quizás por eso, al mirar su obra, uno siente que algo se revela y se esconde al mismo tiempo.

Por Francisca Vives Kunitzky

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