ANTÁRTIDA: LATITUD BLANCA, DONDE HABITA EL SILENCIO

Un viaje al extremo sur marcado por el clima, la luz y el ritmo del mar. Entre navegación, desembarcos y encuentros cercanos con la fauna, la Antártica se revela como un territorio de dimensiones extraordinarias, donde la naturaleza impone sus propias reglas.

El avión de Aerolíneas DAP despegó desde Punta Arenas temprano en la mañana. No había horarios definitivos: se volaba cuando se abría una ventana climática. Podía ser ese día o varios después. Todo dependía del viento, de la visibilidad y de lo que ocurriera más allá del estrecho.

Todavía no había épica, pero sí una sensación clara de estar partiendo hacia algo especial. Café tomado de pie, mochilas bien ajustadas y las risas nerviosas de quienes sabíamos que estábamos a punto de conocer un lugar difícil de imaginar.

En el aeropuerto se hablaba de capas de ropa, baterías adicionales y lentes. Detalles prácticos que, lejos de restarle magia al viaje, lo volvían más real. Concentrarse en lo concreto parecía la manera más natural de prepararse para entrar en un territorio completamente distinto.

El despegue fue tranquilo. La ciudad quedó atrás rápidamente, el estrecho se convirtió en una línea y después desapareció. Durante la primera parte del vuelo, el paisaje apenas cambió: nubes, mar y cielo. Todo parecía conservar una escala conocida. Hasta que dejó de hacerlo.

Cerca de las dos horas de vuelo, alguien se inclinó hacia la ventana. Después, otro. No hacía falta decir nada. El primer hielo apareció como una interrupción: fragmentos blancos sobre un mar oscuro, separados, irregulares.

Desde arriba era imposible dimensionarlos. Las conversaciones se apagaron y comenzaron a aparecer las cámaras. La Antártica no necesitó anunciarse. Simplemente irrumpió en el paisaje.

LA LLEGADA A UN TERRITORIO EXTRAORDINARIO

El aterrizaje en la isla Rey Jorge fue más brusco de lo esperado. El avión se movió con el viento lateral antes de tocar una pista rodeada de roca, hielo y cielo abierto. Algunos pingüinos curiosos completaban la escena.

Al descender, lo primero fue el viento. Constante, penetrante, capaz de encontrar cualquier espacio mal cerrado entre la ropa. Obligaba a ajustar gorros, cuellos y guantes. Después vino la luz: limpia, directa, de una nitidez sorprendente. Las sombras eran definidas y los contornos parecían adquirir una precisión desconocida.

Desde allí seguimos las indicaciones de los guías y recorrimos a pie un tramo breve, con el equipo indispensable. El último trayecto fue en zodiac. El motor resonaba sobre el agua, el viento golpeaba la cara y, pocos minutos después, apareció el Magellan Explorer, mucho más imponente de lo que parecía desde la distancia.

Al subir a bordo, el contraste fue inmediato. El calor, la comodidad y los grandes ventanales ofrecían un refugio frente a un paisaje que todavía resultaba difícil de comprender.

Cuando el barco comenzó a navegar, apenas percibimos el movimiento. Los primeros bloques de hielo pasaron lentamente junto al casco. De cerca ya no parecían pequeños: eran estructuras enormes, pesadas, de formas inesperadas. Recién entonces empezamos a comprender dónde estábamos.

Los días a bordo adquirieron un ritmo propio, organizado entre reuniones informativas, salidas en zodiac, desembarcos y momentos de observación. Todo dependía del clima, del viento y de las condiciones del mar.

Nada estaba completamente asegurado. El itinerario se ajustaba sobre la marcha y las decisiones respondían a lo que permitía el entorno. Esa incertidumbre, lejos de convertirse en un inconveniente, terminaba definiendo la experiencia.

La cubierta era el mejor lugar para comprender la escala del paisaje. Allí el frío se sentía con mayor intensidad, pero también era posible observar los icebergs en toda su dimensión. Los fragmentos que desde el avión parecían pequeños se levantaban ahora como enormes muros. Algunos eran compactos y lisos; otros mostraban superficies erosionadas, con formas irregulares.

A medida que avanzábamos, resultaba evidente que no había dos iguales. El capitán maniobraba con cuidado, acercándose lo suficiente para permitirnos observarlos, siempre a una distancia segura.

Por momentos, el mar se aquietaba y el hielo se reflejaba sobre una superficie oscura, casi perfecta. En otros, el movimiento del agua volvía todo más inestable. La Antártica, que desde lejos podía parecer un paisaje inmóvil, estaba en permanente transformación.

ENTRE PINGÜINOS, VOLCANES Y HUELLAS HUMANAS

Nuestro primer desembarco fue en una playa de piedras negras. El contraste resultó inmediato. El hielo permanecía como telón de fondo, mientras bajo nuestros pies el terreno era húmedo, irregular e inestable.

La colonia de pingüinos estaba a pocos metros, aunque se la escuchaba y olía antes de verla por completo. Un murmullo constante acompañaba sus movimientos: iban y venían por senderos que se cruzaban, se detenían, se empujaban y se llamaban entre sí. El olor, una mezcla intensa de mar y guano, era imposible de ignorar y formaba parte de aquel universo.

Nos mantuvimos a cierta distancia. Los animales continuaban con sus actividades, ajenos a nuestra presencia. Y entonces se volvía evidente algo fundamental: no estaban allí para nosotros. Éramos nosotros quienes ingresábamos a su territorio para observarlo durante un rato y después marcharnos.

Esa sensación se repitió en distintos momentos del viaje, aunque cada lugar tenía una identidad propia.

En Deception Island, el paisaje cambió por completo. Tras atravesar un acceso estrecho, ingresamos a una caldera volcánica inundada, rodeada de playas oscuras y sectores donde el vapor emergía de la tierra. Caminar allí resultaba desconcertante: el frío seguía presente, pero bajo nuestros pies había calor. En algunos puntos, a pocos centímetros de profundidad, el agua se sentía tibia.

También aparecieron las huellas de la actividad humana: restos de antiguas estaciones balleneras, estructuras abandonadas y fragmentos de una historia que contrastaba con la inmensidad natural del entorno.

Más adelante, en Port Lockroy, encontramos otra expresión de esa presencia. La antigua base británica, convertida en sitio histórico, conserva objetos, una pequeña tienda y una oficina de correos que permiten descubrir una dimensión diferente de la vida antártica.

Incluso allí, los pingüinos se apropiaban del espacio con absoluta naturalidad. Caminaban entre las construcciones, se refugiaban debajo de las pasarelas y continuaban sus recorridos sin prestar demasiada atención a los visitantes.

Uno entraba, observaba fotografías antiguas, mapas y cartas llegadas desde distintos lugares del mundo. Después volvía a salir y todo recuperaba su ritmo: el viento, el hielo y el sonido incesante de las colonias.

Esos contrastes, entre la naturaleza y las pequeñas intervenciones humanas, fueron construyendo una experiencia imposible de reducir a una sola imagen. La Antártica cambiaba con cada desembarco, cada trayecto y cada jornada.

EL RITMO DE LA VIDA EN EL HIELO

Con el paso de los días, empezamos a reconocer ciertos patrones. Los pingüinos seguían rutas definidas entre el agua y sus nidos, senderos que a primera vista parecían improvisados, pero que mantenían con sorprendente precisión. Algunos transportaban pequeñas piedras en el pico; otros defendían su espacio mediante movimientos rápidos y breves.

Más allá, sobre los témpanos, las focas parecían formar parte del paisaje. Permanecían inmóviles, integradas al hielo. Sin embargo, bastaba observarlas durante algunos minutos para descubrir pequeños movimientos: una respiración pausada, un ojo que se abría apenas, un leve giro de cabeza.

En el agua, las ballenas se hacían esperar. Había que permanecer atentos a la superficie, intentando anticipar algo que no siempre ocurría. Y cuando finalmente emergían, lo hacían sin aviso: un soplo breve, una aleta, el dorso que atravesaba el agua. Apenas unos segundos antes de desapar

Por Camila Rikli
Fotografías: Tere Pérez

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